La experiencia sonora

Por Erik Salas

Se entiende a la experimentación sonora como el acontecimiento en el que una persona es expuesta al sonido de manera consciente o inconsciente, ya sea de forma presencial, digital, cotidiana, artística o incluso accidental. Sin embargo, hablar únicamente de “escuchar” sería insuficiente. La experiencia sonora no ocurre solamente en el oído: ocurre en el cuerpo, en la memoria, en la emoción, en la cultura y en la percepción individual de cada ser humano.

Cada vez que somos atravesados por el sonido sucede algo dentro de nosotros.

A veces es apenas una sensación mínima.
Otras veces, un recuerdo completo despierta de golpe.
A veces la música nos acompaña sin que le prestemos atención.
Y otras, transforma completamente un instante de nuestra vida.

Por eso considero que la experiencia sonora es mucho más compleja de lo que normalmente imaginamos. No depende únicamente de la música en sí misma, sino también del contexto donde ocurre, del estado emocional de quien escucha, de su historia personal, de la cultura donde creció, de la memoria asociada a ciertos sonidos y de la disposición sensible que posee en ese momento.

Incluso el silencio forma parte de esta experiencia.

Durante muchos años salí a tocar música a las calles de Tlaxcala. No únicamente como una actividad económica o artística, sino como una necesidad humana de compartir el sonido con otras personas. Toqué son jarocho, son cubano, música popular, improvisación y también repertorio clásico de gran complejidad, especialmente obras de Johann Sebastian Bach adaptadas para flauta sola, como suites y partitas que representan un enorme reto técnico y emocional para cualquier intérprete.

Sin embargo, ocurrió algo que marcó profundamente mi percepción sobre la escucha social.

La mayoría de las veces la gente no se detenía.Ni siquiera volteaba a mirar. Entonces uno comienza a cuestionarse muchas cosas.

¿Qué sucede ahí? ¿Qué hace que una experiencia sonora conecte o no con alguien?¿Por qué ciertas personas pueden quedar profundamente conmovidas por una interpretación mientras otras simplemente continúan caminando?

Hubo momentos en los que incluso sentí vergüenza de tocar. No porque la música fuera incorrecta, sino porque parecía incomodar el entorno. Era como si la presencia del arte interrumpiera momentáneamente la velocidad cotidiana de las personas. Y eso resulta profundamente interesante. Ahí comprendí que la experiencia sonora no depende solamente del músico. Depende también de la capacidad social que existe para detenerse, escuchar y habitar un momento.

Muchas veces el músico imagina que tocar en la calle provocará encuentros humanos, conversaciones, sensibilidad compartida o memoria colectiva. Existe una especie de sueño romántico donde la música une desconocidos y transforma el espacio público. Sin embargo, la realidad social también puede ser indiferente, acelerada, desconectada o incluso emocionalmente cerrada.

La escucha también es una práctica cultural.

Entonces aparecen preguntas inevitables:

¿Qué vuelve agradable una experiencia sonora?

¿Qué provoca rechazo?

¿Qué hace que una interpretación permanezca en la memoria durante años?

Quizá interviene la técnica.
Quizá la expresividad.
Quizá el timbre.
Quizá la estética visual del músico.
Quizá la energía emocional que proyecta.
Quizá la acústica del lugar.
Quizá la cultura de una ciudad completa.

O quizá todo ocurre simultáneamente.

La experiencia sonora es una construcción multidimensional. El sonido nunca llega solo. Siempre llega acompañado de espacio, temperatura, imágenes, recuerdos, asociaciones y estados emocionales.

Recuerdo particularmente una experiencia cerca del Ex Convento de San Francisco, en Tlaxcala. Atardecía. El clima era frío, pero agradable. Las piedras antiguas guardaban humedad. Había musgo creciendo entre las grietas, hojas secas moviéndose con el viento y una iluminación tenue delineando la arquitectura antigua.

Todo el espacio parecía suspendido en el tiempo. Y ahí estaba yo interpretando música de Bach. Ese momento quedó profundamente grabado en mí.

No únicamente por la música, sino por todo lo que rodeaba la experiencia: el color del cielo, la temperatura, el eco de la flauta entre las piedras, el silencio intermitente de las personas caminando, el peso histórico del lugar y la sensación emocional que habitaba el ambiente.

Desde entonces comprendí algo importante:

Cuando recordamos música, rara vez recordamos únicamente sonidos. Recordamos atmósferas completas. La memoria sonora es también memoria espacial, emocional y corporal. Por eso ciertas canciones nos transportan instantáneamente a etapas específicas de nuestra vida. Porque el cerebro no archiva únicamente melodías; archiva experiencias enteras asociadas a ellas.

La música barroca de Bach posee algo particularmente poderoso dentro de este fenómeno. Existe en ella una sensación de orden interno extremadamente profunda. Sus secuencias armónicas, sus patrones melódicos y la claridad matemática de sus estructuras generan una percepción casi arquitectónica del sonido.

Escuchar Bach es como caminar dentro de una construcción invisible perfectamente equilibrada. Y al mismo tiempo, profundamente humana. En mi experiencia como flautista, la Partita en La menor representa uno de los ejemplos más claros de ello. Cada movimiento parece explorar distintas posibilidades emocionales y físicas del instrumento. La obra exige técnica, respiración, claridad mental y sensibilidad interpretativa.

Pero más allá de lo técnico, provoca algo extraño: 

Hace imaginar, nos desplaza emocionalmente, nos lleva a estados contemplativos donde el pensamiento cotidiano comienza a disolverse y a volverse tan abstracto y ambiguo que es cada vez más difícil tratar de explicar.

Considero que una de las primeras funciones profundas de la experiencia sonora es precisamente esa: alterar temporalmente nuestra percepción habitual de la realidad.

La música abre espacios internos.

También es importante comprender que escuchamos desde la cultura.

Reconocemos géneros musicales porque hemos aprendido códigos sociales y emocionales asociados a ellos. Un mariachi, una banda sinaloense, un huapango, una pieza barroca, un canto de alabanza o una mezcla electrónica producen asociaciones distintas dependiendo del contexto cultural donde crecimos y con quién crecimos.

México posee una identidad sonora extremadamente rica. Nuestra memoria colectiva está llena de sonidos rituales, campanas, mercados, bandas de viento, fiestas patronales, rezos, danzas tradicionales y músicas populares que acompañan la vida cotidiana desde hace generaciones.

Todo eso moldea nuestra manera de escuchar.

Y quizá por eso ciertos instrumentos o estilos generan cercanía inmediata mientras otros parecen completamente ajenos para algunas personas.

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